Metro
El patrón rítmico de sílabas tónicas y átonas en un verso, que aporta a la poesía su pulso subyacente.
Última actualizaciónEl metro es la disposición sistemática de sílabas tónicas y átonas que da a la poesía su pulso rítmico. Es el latido bajo las palabras, el patrón previsible que oyentes y lectores interiorizan a medida que avanzan por un poema. Los patrones métricos se clasifican según el tipo de pie (la unidad básica de sílabas tónicas y átonas) y el número de pies por verso. En la tradición inglesa, los pies más habituales son el yambo (átona-tónica), el troqueo (tónica-átona), el anapesto (átona-átona-tónica) y el dáctilo (tónica-átona-átona). En la tradición española, en cambio, la métrica se mide casi siempre por el número de sílabas y por la posición de los acentos: hablamos de heptasílabos, endecasílabos, alejandrinos. Sea cual sea la tradición, el metro funciona como el andamiaje sobre el que se construye la música de un poema.
El poder del metro se hace más evidente al comparar poemas que lo emplean de manera distinta. Las obras de Shakespeare están escritas en su mayoría en pentámetro yámbico, un metro tan cercano al habla natural del inglés que el público absorbe su ritmo sin esfuerzo consciente, pero que otorga al diálogo una gravedad y una musicalidad que la conversación ordinaria no posee. En El cuervo (The Raven), Edgar Allan Poe emplea un octámetro trocaico que produce una cadencia hipnótica y casi de tambor, en consonancia con el descenso obsesivo del narrador hacia la desesperación. En la tradición española, los romances octosílabos —desde el Romancero viejo hasta el Romancero gitano de Lorca— demuestran cómo un metro popular y memorable puede sostener desde la lírica más contenida hasta la tragedia más violenta, y cómo Antonio Machado encuentra en la silva, en el endecasílabo y en el heptasílabo una música a la vez sobria y emocional. Emily Dickinson escribió a menudo en metro común, el mismo patrón de los himnos protestantes, y esa familiaridad le permite entregar contenidos devastadores con una calma desconcertante.
Comprender el metro empieza por aprender a escuchar las sílabas tónicas en el habla cotidiana. Lee poesía en voz alta despacio, exagera los acentos hasta que el patrón se vuelva claro y, una vez identificado el metro subyacente, presta atención a las desviaciones del poeta: ahí reside buena parte del arte. Un pie sustituido o una sílaba átona de más generan énfasis, sorpresa o tensión contra el patrón establecido. Al escribir verso métrico, evita la trampa de la regularidad absoluta. La adhesión rígida al metro produce un verso de sonsonete, mecánico. La mejor poesía métrica establece un patrón y, después, juega contra él, y crea una tensión dinámica entre expectativa y variación.